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viernes, 22 de julio de 2011

25 de Julio

“Muchos saben que me llamo Ana Karen, que soy la menor de tres hijos, que estudio periodismo y amo a Enrique Bunbury. Pero en realidad pocos saben lo que hay debajo de esta piel que cubre unos escuetos huesos. Quizá sepan que mi color favorito es el morado pero que la mayor parte del tiempo me escondo detrás de un fleco, una blusa negra,  jeans ajustados, cinturón con estoperoles y una par de botas , que a veces me refugio en el mismo fleco, en algún color del arcoiris y en otro par de botas y que mis flores preferidas con las gerberas y sólo un chico me las ha regalado.


Otros a lo mejor piensan que me conocen bien por saber que soy técnica en comunicación, tengo pocos amigos y Arjona alguna vez fue mi “hit”. Que jugué fut-bol y me corrieron de la prepa.
Consentida aunque lo niego, orgullosa de nacimiento y berrinchuda por diversión.
Hace 20 años que me encuentro en este mundo, hace 20 años que recibo felicitaciones por un año más, hace 20 años que muchos me recuerdan y probablemente sean menos años para aquellos que esten intentando olvidarme.


Tez blanca, cabello oscuro y ojos grises, así me presente ante el mundo aquel jueves 25 de julio a la 1:49 AM, dicen que mi papá casi lloro, juraban que iba a ser otro niño y se llevo la sorpresa de su vida, quizá la niña que no quería por lo complicado que debe ser cuidar de una. Mi mamá por su parte supongo que agradeció a Dios por que las dos sobrevivimos después de tantos y tantos “ajetreos” que sufrió en el embarazo y después de éste.

Hoy soy más morena que blanca y mi cabello ya no es oscuro, de los ojos mejor ni hablo, ja, obvio no son grises ya, hoy intento mostrarle al mundo mi mejor cara para aquellos que una vez me sufrieron no lo hagan más”.

Pero a todo esto ¿quién es Ana Karen? Pues como ya lo dijo, es la menor de tres hermanos, la pequeña consentida, la niña orgullosa y con pocos amigos, la “emo” para algunos, la “fresa” para otros. Es la persona que odia las injusticias, la discriminación y que juzguen a gente. La amante (aunque en sueños) de Bunbury, la soñadora interminable si Sabina la acompaña o la alcohólica si toma con J. A. Jiménez,  la que a veces llora con Nacho Vegas.

Ana Karen hasta hace poco intentaba ser quien los demás esperaban, lo fue hasta que él (lo recuerda con cariño) se alejo de su vida, hoy a veces lo extraña, y es raro, porque sufrió, pero sin duda después de su partida aprendió de la vida lo que hasta ese momento seguía sin conocer.

Es esa que no usa tacones porque al igual que las extensiones los considera falsedad, sin embargo le gusta en ocasiones abusar de algún escote y fundirse en jeans ajustados, shorts pequeños y ligeros vestidos. Es quien descubrió que sin maquillaje luce “linda” de verdad, quien nunca cepilla su cabello. Quien hace poco encontró su otra mitad, no esa a la que juramos amar, sino a su otro yo por decirlo así, se dio cuenta de que paso por todo, fue considerada, fresa, emo, dark, rocker y la más mamona de todas.

Muchos de ella saben que le tiene miedo a la soledad, que no ruega, que ha perdido amigos y que le gusta escribir. Pero en realidad pocos saben que usa lentes, que en alguna ocasión leyó superación personal, que tuvo el autoestima más baja que un enano, que hizo llorar a mucha gente, que en el último año ha aprendido más cosas que en toda su vida, que su película favorita es Alicia en el país de las maravillas, que el libro que la marco fue “El Túnel” de Sábato, que en ocasiones es una tonta soñadora, que se ha enamorado tres veces y en dos le han roto el corazón, que casi nunca lleva las uñas largas, que odia las bolsas y pertenece a un escaso grupo de mujeres que detestan las compras; que odia las rebajas de temporada porque le resulta desagradable el de desorden que dejan aquellas hembras desesperadas por esas prendas que hace cuatro meses más del 60% de las chicas que compran esa marca ya tienen, siente en ocasiones que reflejan su poca seguridad y personalidad, compran donde todas y se ponen lo que todas.  Tampoco saben que hace casi un año conoció a uno de sus mejores amigos, y que él le enseñó a ver la realidad del mundo, que su roommate la ha hecho darse cuenta de muchos errores y que en una taza de café y el humo de algún cigarro encontró el refugió perfecto para su soledad, ah,  y que tiene un tatuaje.

Quizá cuando conoce al alguien deba presentarse de la siguiente manera – “Me llamo Ana Karen, mi color favorito es el morado, pero visto de negro casi siempre, no uso tacones porque me parece algo banal, me  escondo detrás de un par de botas, un lápiz y papel, mi cabello siempre va suelto, le tengo miedo al amor, sin embargo me enamoro más fácil de lo que se puede pensar, no me gusta llorar pero es mi mejor refugio para los dolores, soy muy impulsiva, mi flor favorita es la gerbera, nunca me regales rosas, los leones son mi animal favorito pero me identifico con los búhos, creo en las hadas y no profeso ninguna religión, sin embargo creo en Dios, supongo que en algo debemos de tener fe. No bailo a pesar de que me gusta, intento no ser coqueta, no sonrío casi nunca y si me quieres ligar evita decir cosas como “tus ojos son los más hermosos, tu sonrisa es bellísima, me encanta tu cabello, etc.” Porque a pesar de  escucharlo en muchas ocasiones, a veces, depende de quien lo diga, me hace sonreír. Soy un mundo de incongruencias”.

Creo que lo que de verdad casi nadie sabe es que no le gusta cumplir años por eso de los abrazos,  esas muestras de cariño la hacen sentirse vulnerable y humana, cosa que en ocasiones preferiría no ser, para no llorar, para no amar, para no sufrir, para no crecer.

Su papá es su ídolo y ese por quien pretender ser todo aquello que no lo haga desilusionarse de ella. Su mamá es con la que se desquita de la vida, a quien le cuenta todo, una de esas tantas personas a las que ha hecho llorar y de quien más se arrepiente. Karen se descubrió más mala de lo que se pensaba en una charla con su mejor amiga. Dejó ir a quien pudo ser uno de esos seres que la hicieran feliz por aquel primero en romperle el corazón y lo cambió de nuevo por ese segundo.

A ella no le gustan los niños,  pero si se trata de sus sobrinos todo es diferente, ama la lasagna, el whisky, las tardes nubladas, el olor a tierra mojada y que la abracen por sorpresa. Persona de pocas palabras pero mucho sentimiento.

En su segunda prepa descubrió que hay fresas que en realidad son buena onda y más que aprender de comunicación aprendió de la vida.

La universidad le trajo grandes amigos, muchas experiencias, demasiadas fiestas, mucho alcohol y algo que hasta hoy sigue diciendo que es amor, aunque en algún momento lo llamo chocolate, que porque siempre hay uno para cada ocasión, ella siempre piensa en comida y no le remuerde la conciencia por las calorías que consume.

Se ha teñido el cabello de rubio, de rojo, de castaño, de chocolate, de “rubio cenizo”  y de negro, se ha perforado en tres ocasiones y ya planea su segundo tatuaje.

Con Vargas a valorado más la música y conoció a grandes personas.  Tiene una amiga argentina con la que se burla de aquellas que se dicen BFF (aunque, la argentina si es eso para ella), el amigo más viejo que tiene lo conoce desde hace 16 años y es con quien más a llorado, sus peores “pedas” fueron en la universidad.

Se encuentra dividida entre dos hogares desde hace 2 años, por primera vez en su vida se ha convertido en una persona asalariada y también por primera vez en su cumpleaños planea dar las gracias a aquellos que se acuerdan de ella, por esos que como su mamá dan gracias a Dios de que siga en este mundo, a los que han llorado con ella, reído y amado. A los que jugaron, bailaron y se emborracharon en alguna ocasión. A los que la han soportado enojada, triste, desesperada y desilusionada; a los que la han hecho ver su realidad y le han mostrado sus errores. A los que dejó en el camino les pide disculpas por no haberlo evitado, a los que hizo llorar les presta un pañuelo mágico para que borren esos recuerdos y sequen las lagrimas del alma.

Hoy, yo, Ana Karen Pérez, la menor, la más pequeña, la indefensa y temerosa, la desconfiada, la enamoradiza, la emo, quiero decirles que a 20 casi todos llegamos, con mi nostalgia lo dudo, pero con mis ganas quizá, detesto mis cumpleaños porque a final de cuentas tienes que mostrar una sonrisa para decir gracias, aunque en realidad no quisieras leer o escuchar eso que se les dice a todo el día de su cumpleaños, sin embargo, hoy más que nunca valoro a todos esos que me recuerdan que he vivido un año más y que me esperan nuevas cosas, nuevos retos y porque no, nuevos años.

Hoy yo, me felicito a mí, por ser esto, en lo que muchos de ustedes han contribuido, aquellos que me quieren con mis defectos, gracias, aquellos que se fueron por mis defectos gracias, aquellos que me los hicieron ver gracias, a los que me hicieron más humana gracias, a los que me enseñaron a amar gracias.
Hoy en mi cumpleaños, yo los felicito a ustedes, por llevar años aguantando a esta loca cabecilla incomprensible, incongruente e impredecible, amargada y orgullosa, hoy en mi cumpleaños soplare las velas para desearles que el próximo sigan conmigo.

lunes, 11 de julio de 2011



Desperté a las 8 de la mañana justo porque un rayo de sol hirió mis ojos con su taladrante resplandor. Escuche a mis padres terminar de prepararse para salir rumbo a ese lugar que por muchos años me ha hecho tener que verlos por las noches únicamente y que gracias a su dedicación, me han mantenido tantos años, si me refiero a ese que muchos llaman trabajo sólo porque alguien (sabrá Dios quién) se le ocurrió llamarlo así.

Me levante de la cama en el momento exacto que mis papás abandonaban la casa para subirse al Tsuru azul que me ha llevado a infinidad de lugares. Ah!, si ese condenado carro hablará.

Entre al baño y abrí la regadera, en mi cabeza sólo un pensamiento, mientras el agua del grifo caía como una tormenta en pleno verano y se iba por la coladera sin rastro alguno de jabón, me repetía a mis adentros ayer tenía que haber sido ese día especial para crónicar, sí, ayer era ese día.

Aún tenía en mí la sensación de vergüenza por haberme presentado a la clase de TTTV para hacer examen, aunque ni tanta vergüenza porque asistí. Minutos después de presentar aquella hoja con respuestas incorrectas partía rumbo a mi querida Guadalajara, aquella con la que engaño a mi novio todos los fines de semana, esa que en ocasiones aborrezco. Una travesía más como todos los viernes, conseguir el “raite” que me hará “ahorrar” los 70 pesos que ya me había gastado, la comida con Vargas, el ensayo de Chesire, si ayer era el día. Pero sin embargo tendrá que ser hoy, si hoy, no habrá ningún otro, me decía. 

Tome mi baño ya tan rutinario de todas la mañanas, me cambie y comí algo rápido para después arreglar mi cuarto que era un desastre, esperando hacer el tiempo suficiente para ir a comer a la llegada de mi papá a la casa; y así lo hicimos. Carne en su jugo fue el menú del sábado, continuamos con unas compras “express” como postre y culminó con mi partida a la casa Chesire, o de Vargas que es lo mismo, lo que haría interesante mi día ya estaba por llegar.

Como siempre llegue tarde, con ese hombre jamás he podido ser puntual, si no llegó antes llegó después, pero nunca a tiempo, pobre, y aun sigue confiando en mi puntualidad pensé. Cuando entre en su casa lo encontré atareadísimo jugando con Goshca, el nuevo perro, y en el sillón la ví, su diminuta figura me hizo creer que era una broma, como aquella criatura podría cargar con el titulo de tatuador, sin embargo ella lo es.

Presentación formal, -Boo ella es Karen, -Karen, Boo. Y ella a lo que iba, me preguntó por el tamaño ideal, y comenzó a sacar sus instrumentos de trabajo, cuando saco la aguja, me asuste, era enorme, plasmo el diseño en un papel y después en mi espalada baja, inclínate hacía el frente, comenzaré ahora.

Sus guantes negros combinaban a la perfección con esas enormes botas que eran mucho más grandes que ella, esos guantes de látex negros que invadían con su peculiar olor a nuevo toda aquella habitación, y completaban su atuendo era lo que más llamó mi atención.

 –Comenzaré ya, dijo de nuevo, y sentí el primer pinchazo, mi ceño se frunció y mis manos sudaron, los minutos pasaron y los pinchazos seguían, pregunte cuanto tardaría, -30 minutos a lo mucho, sonaba Vegas en el fondo para disimular el aterrador zumbido de ese aparato que producía esa quemazón en mi piel, esa inyección prolongada  que vibraba me hacía sufrir más que aquel regaño único que me ha propiciado mi madre en mis casi 20 años de vida, ese raspón sin caída, ese ardor de los mil demonios, ya no soporto, ah!, no rellenes, ah!, me duele, ah!, ya no lo quiero, era lo que  repetía en silencio, si sólo para mí. 

Entonces Pink Floyd comenzó a sonar,  de su boca escuche un ya casi está listo. Terminado, ahora no te muevas espera a que seque y después bajas tu blusa, me limpio con un algodón y un liquido extraño de color azul que no pregunte que era, espere y entonces dijo ya, -Vargas ya puedes ver le dijo, él entro sonrió y comento pensé que te escucharía llorar no eres tan “gay”, y después soltó una carcajada. Tómale una foto le pedí y en cuanto estuvo lista se la envíe a David, justo como lo había prometido desde el viernes, enseguida de ese realice otros dos envíos; me retire de la casa Chesire con una marca de porvida y 200 pesos menos.

Ocultando aquel compañero fiel llegue al trabajo de mi madre, mi papá me esperaba ya, iremos a cenar me indicó, moví la cabeza intentado hacerle saber que lo había comprendido.
El tatuaje me ardía, ay! como quema pensaba, intentaba no hacer gesto de dolor aunque de cuando en cuando una sonrisa de esas malvadas se me escapaba, era una de esas malvadas que se disfrutan porque dan felicidad, a pesar del secreto, si secreto, porque no es una mentira, que guardo para mis padres, me da la satisfacción de saber que tengo algo que me distingue de los otros, porque es sólo mi particular. Ellos no podrán comprender, no podrán evitar ese regaño seguido del sermón que se justificará con un porque te queremos te lo decimos, pero ya nada se puede hacer, lo hecho hecho está, escucharé mismo sermón que con aquella primera perforación.

Llegamos a casa, subí corriendo a quitarme el pantalón que tanto me atormentaba, me puse mi pijama y me dormí, me dormí con una sonrisa, como hace mucho tiempo no lo hacía. 

Ana Karen Pérez.