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jueves, 30 de diciembre de 2010

Crónica de un sueño


Me acosté, y después de dibujarlo en la oscuridad, de recordar sus ojos y anhelar sus labios, gire un poco, cerré los ojos y no supe más de mí.

Cuando el sol ya había salido y se colaba por  mi ventana, abrí mis ojos y los volví a cerrar, parecía como si fuesen imanes, acomode mis cobijas y comencé a soñar (supongo).  Habían transcurrido apenas unos cuantos minutos cuando tú, sin pensarlo te adentraste de nuevo en mi mundo,  pero en un mundo del que pocas veces soy conciente….

Yo estaba con tu hermana, en la plaza central de algún sitio, había un kiosco en el medio, bancas verdes,  y un viento tan helado que me hacía temblar; mientras bebía un café y entre lo nublado de mi vista, como un espejismo en el desierto apareciste tú, recorriste a paso lento esa distancia que nos separaba, tus pasos eran firmes y parecían dibujarse sobre los adoquines de aquella plazoleta. Cuando por fin llegaste, te sentaste a su lado, y mi presencia la ignoraste.

Llego una pequeña brisa que a mis ojos los obligo a cerrarse y cuando volvieron a su estado, tu madre estaba allí, bueno en realidad se estaba yendo y nosotros  rodeados de locales y aparadores, de maniquíes y gente. Pisos parecidos al mármol, puertas eléctricas y mucha publicidad. Recorrimos dos pasillos, ella y yo nos sentamos frente a una gran tienda de discos, tú llegaste y te sentaste junto a mí, preguntaste por nosotros (tú y yo) y yo ignore tu pregunta.

El aíre acondicionado de aquel sitio trajo consigo las notas de alguna canción, mis oídos reconocieron la melodía, y tu voz al unísono entono Mientes  del ex dúo Sin Bandera. Te volteé a ver y sonreí, enseguida pregunte si cantabas para ella, - ¿para quién? me preguntaste, - Para tu novia, respondí, y en ese momento tu cabeza encontró mi hombro y se postró sobre él, con mi mano comencé a juguetear sobre tus cabellos, justo como solía hacerlo antes, tú, tomaste mi mano y la dirigiste a tu mejilla, yo la acaricie, esa suavidad casi como terciopelo, me resulto tan familiar y al mismo tiempo tan extraña, fue como esa primera vez, como ese momento de soledad en aquella habitación con nuestra respiración agitada y nuestros cuerpos con sudor. El rosar tu piel, sentir tu cabello, mi reflejo en ti, todo fue nuevo.
Mis ojos se abrieron de golpe, y a pesar de que no estabas, tú, seguías en mi mundo, en ese del que pocas veces soy conciente.

Llenaste mi mente de nuestros abrumados recuerdos, de nuestros frenéticos momentos y de unos cuantos encuentros, ese sueño se torno tan real, que cuando mis ojos observaron la luz, por un instante pensaron que allí estabas tú.

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