Cuando vio aquel polvo por primera vez sintió miedo, entre la oscuridad que cubría aquella casa y la música que resonaba por los muros teñidos de un leve color grisáceo no sabía hacía dónde escapar.
Lagrimas caían por su rostro como gotas de lluvia en un tarde de verano, tenia el corazón oprimido, como cuando no puedes respirar, necesitaba un abrazo, alguien que la escuchara y le diera la razón, quizá ver una película romántica, una de esas clásicas hollywoodenses donde no hay príncipes ni princesas, pero si hay jugadores de futbol y porristas, donde siempre el amor sale triunfante, aunque a pesar de que no encajen en el contexto de la historia, hay una bruja que quiere arruinar la felicidad de esa pareja perfecta, de ese hombre con los músculos casi tan duros como un muro hecho de concreto y la chica 90-60-90, sí en esas películas todo es perfecto. Quizá necesitaba envolverse en ese falso mundo modernos de príncipes y princesas, un helado y seguir llorando.
Quedarse en casa era algo que no quería, se subió a esa moto ya que pensó que por algunos instantes olvidaría aquel mal trago que le supo como una cerveza caliente; es decir, horrible.
Tenía 15 años y la ilusión de su primer amor se había esfumado, el chico ideal con el que ya tenía 10 meses la había dejado por otra, por otra que desde su punto de vista no era más bonita que ella. Si bien, ella nunca se había quebrado por “amor” este chico le había hecho algo especial que la llevo a quebrarse en llanto y a perderse en un viaje, pero no precisamente en ese que pensaba que lograría hacer al subirse a aquella moto.
Una vez con el casco en la cabeza y con algo de velocidad de aquella Harley que parecía volar, con el viento en contra ya que azotaba en sus ojos ambos jóvenes se disponían a disfrutar de un rato agusto. Cuando llegaron a aquella vieja casona del centro de Guadalajara, una de esas de techos muy altos, con grandes ventanas, en las que abunda el frío y la oscuridad pensó que no debía de estar allí, pero, sin embargo lo estaba.
La música con sonidos electrónicos rebotaba como pelotas de frontón, en el lugar había una densa capa de humo que no dejaba ver muy bien lo que sucedía, un olor a marihuana que te calaba hasta la garganta, en efecto, esa moto la había llevado a un lugar distinto, donde muy probablemente podría viajar, como muchos de aquellos jóvenes, algunos lo hacían en nubes de humo, otros en acido, éxtasis, y otros más con esas líneas blancas casi tan finas y rectas como el trazo de un buen arquitecto.
Pero, si de olvidar se trataba, algo de aquello serviría, eso era lo único que por pequeños instantes interrumpía con sus pensamientos de sería mejor estar en casa, quizá estaría más tranquila.
Un baso de tequila seguido de otro, luces que encendían y apagaban sin parar, marihuana en el aire, por la casa, aparte de un calosfríos que era recurrente se sentía una vació muy grande, casi como el habían dejado en su oprimido corazón.
Una casona ubicada por la calle de independencia, con pisos viejos, cortinas sucias, música estresante, unas fotografías antiguas colgadas en sus muros de tono gris y un viejo reloj serían testigos de sus acciones.
Ella quería escapar y en ese polvo, que bien podría aparentar ser azúcar encontró el boleto de ida, le dijeron que lo hiciera rápido, que no importaba si no aspiraba todo, que lo importante era no desperdiciar y que la primera iba por parte de la casa, o sea que era gratis. Lo intento una vez y no logro resultado alguno, así que le regalaron una segunda línea, la cual, aspiro con mayor éxito, después de haber ingerido la mitad con una de sus fosas nasales fue por la otra parte que había dejado para hacerlo con aquella que no sentía enardecida, era cómo si tuviera un cerillo dentro de su enorme nariz, y al mismo tiempo hubiera tragado tierra, la garganta la sentía arenosa y también le quemaba, la quemazón se asemejaba un poco a esa sensación que deja el tequila cuándo lo tomas puro, así como dice Arjona, cuando lo tomas de golpe y sin pensarlo, pero, y ¿la cabeza? sentía que le iba a explotar, parecía como si ahora el cerebro palpitara y no el corazón, como si de repente se hubieran invertido los roles de estos dos órganos, que el cerebro la hiciera vivir y el corazón pensar, que viéndolo desde la lógica en su caso debería de poder ser así, ya que a su corazón es muy difícil que lo deje sentir .
Su corazón latía tan rápido que era como si quisiera salirse de su pecho. La música de repente cambio, se hizo lenta, las personas se movían de una forma extraña, era como si su cuerpo fuera elástico y al mover alguna extremidad ésta tardara largos minutos en regresar a su lugar.
Minutos después aquella tormenta de verano que caía por sus mejillas en pleno otoño ya había parado, iba por una tercera línea de aquellas blanquitas que provocaban que su cuerpo comenzara a experimentar unos cuanto bochornos, los colores se le subían al rostro y la temperatura de su cuerpo también se elevaba.
Cuando comenzó a marearse después de aquella cuarta raya de cocaína se preocupo, ¿qué tanto daño le estaría provocando ese polvo blanquecino? Al parecer más del que ella se podía imaginar, el alcohol que bebía era como agua, no alteraba su estado, sus nervios ya estaban bajo los efectos de la cocaína a tal grado que termino por seguir su instinto y se dejo llevar por esa temperatura que aumentaba cada segundo más y más, con esas melodías que ya no eran odiosas y habían dejado de rebotar en los muros. Después de la cuarta raya paso algunos minutos perdida en falsos placeres, pero ella, seguía en su viaje.
El casco lo coloco de nuevo en su cabeza el aire ya soplaba a su favor, todo era como Bunbury decía, ya no podía ir pero, sólo tenía que esperar a que el viento soplara a favor, se aferro a la cintura del que intentaba ser el nuevo príncipe, pero de verdad uno nuevo, él, era un chico malo.
Cuando salieron de esa vieja casa coloreada de gris, de techos altos, grandes ventanas, de fríos muros y oscuros rincones, recordó que en el momento que vio ese polvo sintió miedo y, para sus adentros repitió sabía que no tenía que estar allí.
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