La isla de Janitzio en Pátzcuaro Michoacán, el primero de Noviembre se llena de luces y los muertos reviven.
Decenas de lanchas parten desde el puerto ubicado a las orillas del lago de Pátzcuaro con destino a la isla de la Flor de Trigo (Janitzio).
El frío que hace durante esa temporada en el estado de Michoacán es abrumador, quema hasta en los huesos, abrigada con 3 chamarras y guantes, abordo una de las lanchas que me llevaría a disfrutar una de las mejores experiencias de mi vida.
El recorrido en la lancha no es mayor a 30 minutos, durante el recorrido se escuchan las voces de los pasajeros, uno de ellos lleva una guitarra y comienza la trova, entre el sonido de la guitarra, las voces de los pasajeros y el ruido que provoca la lancha sobre el agua, llegamos a Janitzio. Al mismo tiempo arriban a la isla muchas otras lanchas. Una vez que esta se ha detenido comenzamos a bajar y todos tomamos rumbos diferentes, quizá el hombre de la guitarra y yo no nos topemos de nuevo.
El frío que hace en el lugar me atormenta, pero se genera un calor primaveral cuando logro observar el tan tradicional baile de los viejitos, seguido del baile, algunos pescadores nos enseñan un poco de este arte tan peculiar (el de pescar); las ya también famosas redes en forma de mariposa hacen brillar aun más la isla.
Un recorrido por sus sonidos y no solo por sus espacios es lo que la isla te provoca a experimentar, entre música que tocan los oriundos de Janitzio, las notas arrastradas por el viento y las risas de los turistas, la isla se llena de magia y de vida, si de mucha vida.
Subiendo hacía la punta es imposible no visitar el panteón, que es dónde se vive la mayor fiesta, a este lugar lo rodea una atmosfera grisácea, esta cubierta por la niebla y por el peculiar olor a cempasúchil, la luz que hay en aquellas tumbas no es solo el reflejo de las bellas lunas de otoño, son las veladoras y el brillo de las miradas de los familiares que les rinden honores a sus muertos. Las flores de cempasúchil con su tan alegre color es lo que da vida entre los colores rosas y morados que hay sobre las tumbas, ofrendas de comida para los difuntos, cantos, oraciones y llantos, veladoras y miradas que se quedaran en vela cuidando el espíritu de sus difuntos; arte es lo que se aprecia sobre lo que para muchos es ya, su último recinto.
Al continuar la travesía por acender hasta lo más alto se observa a los nativos, a los turistas, el arte de aquellas cosas creadas por manos indígenas, el aire frío se envuelve con el vapor que desprende de la comida típica, con ese olor que hace que te la imagines y que al verla sea aun más antojable, unas simples quesadillas se vuelven una pieza suculenta de arte.
Conforme se va subiendo resulta más difícil el llegar a la cima, los turistas, sobretodo los jóvenes, se aglomera en las partes más altas, unos para dejar la inspiración en el aire, otros para darse calor, muchos comienzan con la fiesta, pero todos quieren llegar a Morelos.
En la isla de Janitzio, en Pátzcuaro Michoacán, el primero de Noviembre los muertos reviven. El hombre de la guitarra y yo, no nos volvimos a ver.


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